Etna: Raíces y basalto
Mi relación con los volcanes es antigua, inexplicable y, a veces, casi visceral. El Etna, en particular, aparece en mi vida como paisaje, como símbolo familiar y hasta como metáfora de mi salud. Este viaje a Sicilia fue la oportunidad de unir todas esas capas: la geológica, la ancestral y la personal.
Aún recuerdo la noche en que llegué por primera vez a Catania, en Sicilia. No podía dormir. Durante el camino, envuelta en la oscuridad, intentaba distinguir si aquella masa gigantesca que asomaba entre sombras sería el Etna. Esa expectativa —esa necesidad casi infantil de verlo— me tenía en vilo. Ya en la cama, un estruendo me despertó sobresaltada.
“¡Es el volcán!”, pensé. Bajé corriendo las escaleras con una mezcla de emoción, adrenalina y miedo suave. Abrí la puerta… y solo era una tormenta. Un diluvio monumental. Volví a la cama frustrada.
“Todo paisaje en el que estás inmerso te transforma a su manera; los vapores del Etna agitan los nervios, te atormentan en el sueño.”
Con el paso de los días entendí la verdad de esa frase. El Etna no es un volcán que se mira: es un volcán que se siente. Te atraviesa. Te modifica. Tal vez por eso esa primera noche proyecté su presencia en cada ruido.
No era la primera vez que me ocurría algo así. Años atrás, acampando sola en una meseta de basalto a 1400 metros, sentí que el suelo vibraba. El pensamiento fue inmediato: “¿No me digas que va a entrar en erupción el Hudson*?”. La misma mezcla de escalofríos, curiosidad y alerta. También terminó siendo una tormenta eléctrica, algo rarísimo en esa región de Patagonia donde no sucede de manera usual.
Y sin embargo, en ambos casos, la reacción fue idéntica: ante la fuerza de la tierra, algo en mí despierta.
Los volcanes siempre me generaron una atracción difícil de explicar. El basalto, esa roca negra, densa, casi lunar, me convoca desde que tengo memoria. Con los años descubrí que esa fascinación no era solo geológica, sino íntima: convivo con la enfermedad de Crohn y siempre la comparo con un volcán. Dormida o despierta, en calma o en erupción, marcando ritmos, pausas y furias.
Esa relación personal con los volcanes se volvió aún más profunda cuando descubrí que mi propia historia familiar está atravesada por ellos. Mi abuelo solía hablar del Etna cuando yo era chica y aunque recuerdo poco, sus relatos quedaron deambulando en mí. Incluso mi tía, en su primer viaje a Sicilia, me trajo un fragmento de basalto y al día de hoy lo tengo presente. Tenía apenas diez años y quizás ese fue mi primer contacto consciente con la roca que hoy tanto significa para mí.
Por eso, cuando llegué a Catania, sentí que algo se alineaba. La ciudad respira basalto. Los portales, las calles, las plazas, la catedral, el elefante símbolo… todo está tallado en la misma roca negra que brota del volcán. Enseguida pensé: esta ciudad es para mí, la siento mi casa.
Sin haberlo planificado, empecé a armar un recorrido intuitivo: seguir las huellas del Etna, de su basalto y, en paralelo, las huellas de mis ancestros. Todos , como yo ahora, crecieron a su sombra.
Cerami, provincia de Enna.
El 20 de mayo llegué a Cerami, el pueblo de mi abuelo Antonino. El paisaje era abrupto, casi violento: montañas altísimas y pueblos encaramados en sus cimas. Todo parecía sacado de un cuento. La emoción fue aún mayor cuando descubrí que la casa que había alquilado estaba a pocos pasos de aquella donde supuestamente creció mi abuelo. Y detrás, un balcón natural que miraba, inevitablemente, al Etna.
Cerami es un pueblo surreal, a 900 metros sobre el nivel del mar, con golondrinas revoloteando a toda hora, el amarillo intenso de las retamas y la calidez infinita de los “ceramesi”, que me detenían para preguntarme de dónde venía y por qué estaba allí. Contar una y otra vez la historia de mi abuelo me conmovía profundamente.
- Con mis amigas ceramesi
- Salvo y Luigina
- La vista del Etna desde el balcón Natural
- Quien suscribe, en lo alto de un mirador
Troina, provincia de Enna.
De Cerami viajé a Troina, el pueblo de Angela, la madre de mi abuelo. Me sorprendió gratamente: un desarrollo turístico interesante, el Museo de Fotografía de Robert Capa, el Parque Nacional de Nebrodi y una historia marcada por la “Operación Husky”, en 1943.
Desde la plaza principal —como no podía ser de otra manera— se veía el Etna. También encontré una escultura de Lucio Dalla, uno de los artistas italianos que acompañó mi infancia.
Volví a Cerami especialmente para vivir la fiesta de San Michele. Qué espectáculo. Aunque no sea católica, disfruto participar de las tradiciones locales para entender qué es importante para cada comunidad. Músicos bajo la lluvia, el pueblo entero reunido, bengalas de colores y un atardecer incendiado. Piel de gallina.
- Con mis amigas ceramesi
- Salvo y Luigina
- La vista del Etna desde el balcón Natural
- Quien suscribe, en lo alto de un mirador
Regalbuto, provincia de Enna
El último destino fue Regalbuto, el pueblo natal de Vito, el padre de mi abuela Nela. Allí no pude ver el volcán desde el casco urbano, así que caminé hasta el lago Pozzillo, un espejo de agua artificial rodeado de áreas recreativas. El atardecer fue memorable.
De regreso, entré a un bar en busca de un helado y escuché a un grupo hablando “argentino”. Suelo evitar connacionales cuando estoy en Italia —lo admito—, pero me llamó la atención: Regalbuto no es precisamente turístico. Nos pusimos a hablar y resultó que también estaban tras las huellas de su abuelo, nacido allí el mismo año que mi bisabuelo. Vivían a pocas cuadras de mi casa en Buenos Aires. Pura sincronía.
Como en cada pueblo, pasé por el comune para conseguir información sobre el acta de nacimiento de Vito. La señora me explicó que el nombre de la calle había cambiado. Fui hacia la zona indicada y pregunté a un hombre que pasaba. Muy amablemente me acompañó y me dijo: “Esta es sopra le fosse… para nosotros sopra le fu. Hoy se llama Apeninos”.
Era un callejón en lo más alto del pueblo, desde donde se veía a lo lejos el lago Pozzillo —un paisaje que mi bisabuelo jamás conoció, ya que fue construido en 1950. No pude identificar la casa exacta, pero supe que estaba cerca. Y que desde allí tendría una vista hermosa. Al girarme para volver, apareció nuevamente él: el Etna. Siempre presente.
Mi historia con el volcán continúa, pero eso quedará para otras entradas. Cierro con las palabras de mi amigo Arturo, que siempre logra resumirlo todo con precisión: “Pensar que tenés generaciones ahí, en contacto con ese basalto. Por eso quizá te atraen, y por eso quizá te atraía el basalto de la meseta del lago Buenos Aires. Hay un tema genético, ancestral. Culpa del Etna: generaciones bajo ese volcán.”
Hace poco encontré esta cita del libro In Sicilia con Franco Battiato, de Elvira Seminara, que me hizo aún más sentido:
“Dicen que los terrestres somos polvo de estrellas, pero en los órganos de los sicilianos hay una molienda más variada: astillas siderales con arena del Etna.”
Y entonces todo encajó.
Gracias por leer.
por Melisa Quintero
Guía intérprete ambiental, fotógrafa de naturaleza, y diseñadora gráfica.
Hago mapas, me encanta sacarle fotos a los paisajes estrellados, enseño fotografía nocturna y ayudo a proyectos que tienen que ver con el turismo a desarrollarlos y darles valor. Escribo mis aventuras, aprendizajes e investigaciones de los temas que me gustan.
¿Te gustó o te sirvió lo que leíste? Si sos de Argentina, podés invitarme un cafecito haciendo un simple click aquí para que pueda seguir explorando y compartiendo información para todo el mundo :). Si sos de otro país, podés comprarme uno con buy me a coffee.


















































