Todos los caminos conducen al Etna

Hay lugares que no te dejan opción: o los ignorás, o te obsesionan. Para mí, Sicilia y el Etna siempre fueron eso: una promesa suspendida entre la ansiedad y el deseo. Si alguna vez se preguntaron qué se siente perseguir un sueño de golpe, entre decisiones desquiciadas y desviaciones inesperadas en Zafferana Etnea, esta es la historia de esa noche.

Solo de pensar en mi pelo lleno de arena negra del Etna, se me vuelve a hacer un nudo en la garganta. Pero no sé qué es más poético, si ese recuerdo o el sonido tímido, casi delicado, de la ceniza cayendo sobre las hojas de los árboles. Imposible olvidar lo que sentí esa noche. Todavía me acuerdo, una por una, de las personas a las que les mandé una foto o un video en vivo de ese momento: mi profesora de geografía, mi mamá, mi sobrino y el chico con el que estaba en ese momento. Era feliz. De una felicidad absoluta, casi violenta.

Quien haya leído mis relatos anteriores ya conoce mi obsesión por a Muntagna. Sabe que la deseaba desde el primer segundo en que puse un pie en Catania. Una noche, como a las tres de la mañana, me desperté de golpe convencida de que estaba erupcionando por culpa de un estruendo: lamentablemente, era solo una simple tormenta.

Una semana después, por fin, me iba a tocar a mí: la subida al Etna. De repente me había convertido en una nena con mariposas en la panza antes de su primer día de escuela. Y después, el balde de agua fría: excursión cancelada por mal tiempo. A esa nena le cayó encima una angustia indescripible. Hasta que llegó ese mensaje inesperado de Giancarlo Tinè, un querido colega: «Meli, estate atenta. Hay muchas probabilidades de que hoy erupcione a última hora de la tarde».

Entré en shock. No sabía qué hacer ni cómo. Estaba en Catania y lo único que tenía claro era que debía acercarme lo más posible. Tenía que sacar fotos. Tenía que respirar a ese gigante.

¿A dónde voy? ¿Cómo llego? ¿A qué hora salgo? ¿Dónde duermo? ¿Qué como?

Las preguntas se multiplicaban, pero el tiempo pasaba sin piedad. Eran como las cinco de la tarde y moverse de un lugar a otro se estaba volviendo una odisea. Le escribí a dos guías vulcanológicos: todos ocupados. Bueno, me dije, me las arreglo sola.

Abrí el mapa del INGV, estudiando de forma autodidacta cuál podía ser el punto más accesible y con la mejor vista, aunque no conocía absolutamente nada de la zona. Puse rumbo a Zafferana Etnea. Empecé a llamar y a mandar mensajes a cuanto B&B o posada encontrara. Mientras tanto, buscaba un medio de transporte. ¿Tren? ¿Colectivo? ¿Uber? Todo era difícil, carísimo, y encima con el equipo de fotografía a cuestas. De golpe me acordé de un chofer de Uber que me había dejado su tarjeta unos días antes, volviendo de la playa. Lo llamé. Me pidió 50 euros por llevarme a Zafferana. Acepté al instante.

Inmediatamente después, el teléfono volvió a sonar.

—Buenas tardes, soy Antonino.

Piel de gallina.

—Perdón, ¿quién habla? —pregunté para asegurarme de haber escuchado bien.

—Antonino, de La Rocca della Rosa, el B&B.

Tardé unos cuatro segundos largos en reaccionar. Mi abuelo se llamaba Antonino. Escuchar ese nombre dicho por un desconocido, en medio de ese caos de adrenalina, fue como una señal del destino. Me dijo el precio y le dije que sí a ciegas. «Llego como a las nueve, me quedo solo por esta noche».

La adrenalina de esos momentos es algo que no se puede explicar. Llegó Giovanni, el chofer, cargamos el equipaje y salimos. Durante el viaje charlamos de bueyes perdidos: él me contaba de su vida con tono tranquilo y yo le hablaba de mi país. De repente, por pura casualidad, giré la cabeza hacia la izquierda.

Y vi el espectáculo más increíble de mi vida.

—¡Pará! ¡Mirá! ¡La lava del Etna! —grité por instinto.

—Ah, sí —respondió él, con la calma de alguien que está esperando que cambie un semáforo.

Yo quería llorar. Para él era un lunes cualquiera.

—¿Te da miedo? —me preguntó.

—¡Todo lo contrario! Estoy emocionada porque estaba tan metida hablando vos que ni me había dado cuenta.

A partir de ese momento dejé de hablar. No quería escuchar nada más. El espectáculo había empezado y yo no podía darme el lujo de perderme ni un milisegundo.

La tierra temblaba. Se escuchaba el rugido impresionante, violento, de esa mole gigantesca liberando su energía hacia el cielo. No lo podía creer. Llegamos a la Rocca della Rosa, donde nos esperaba Nino. Me llevó directo a la terraza. Parecía que estábamos a la misma altura del Etna. Lo tenía enfrente, gigante, enorme. Arriba nuestro estaba la luna y, a nuestras espaldas, el mar Jónico, de un color plata líquida.

Me quedé helada. En trance. Sentía la ceniza y la arena caer despacio entre mi pelo, sobre mi campera. Estuve ahí durante horas, suspendida en el tiempo, sin lograr asimilar del todo lo que mis ojos estaban viendo.

Cuando la montaña empezó a calmarse, decidí apagarme yo también. Bajé a la habitación y, dejando una huella de ceniza negra en la almohada, intenté dormir. Aunque, a decir verdad, ya no sabía si estaba soñando o si estaba viviendo la realidad más inolvidable de mi vida.

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per Melisa Quintero

Guida ambientale, fotografa naturalista e designer grafica.
Realizzo mappe, adoro fotografare i paesaggi stellati, insegno fotografia notturna e supporto progetti legati al turismo per svilupparli e valorizzarli. Scrivo delle mie avventure, dei miei apprendimenti e delle mie ricerche sui temi che mi appassionano.

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