El destino tiene letra prolija
Estoy terminando de escribir mi libro y, por primera vez, entiendo de qué trata. Dicen que cuando llegás al final de una historia, todas las piezas que parecían sueltas encajan con una precisión aterradora. Sentada frente a la pantalla, viendo cómo cierran los capítulos, levanto la vista y me doy cuenta de que mi vida en Italia no es una anécdota: es un guion que se viene escribiendo solo desde hace décadas.
Julio Cortázar decía que hay una “figura” predestinada, como una constelación, pero que nosotros estamos en una esquina de esa figura y por eso no entendemos nada. Yo me pasé años en mi propia esquina, sin entender que esos puntos dispersos ya estaban formando un dibujo.
Muy seguido pienso en el destino. Me pregunto si tiene forma, si es una corriente que nos arrastra o si somos nosotros los que nos empujamos contra el agua. Pero hoy, a un año de haber llegado, llegué a una conclusión: hay una corriente definida, un sentido preestablecido, y aunque nos empeñemos en nadar en contra —agotándonos el doble—, la vida siempre encuentra la forma de enderezarnos.
Mi guion empezó con unas fotocopias. Yo tenía siete años y pintaba los dibujos de los apuntes de italiano de mi mamá. Después el idioma se volvió un pariente silencioso: la música fuerte que siempre sonaba, una roca negra del Etna, una remera del Hombre de Vitruvio. Italia era la banda de sonido de mi vida; yo simplemente la había naturalizado.
En 2015, el destino metió un personaje clave: Mena. Una napolitana que buscaba amigos en Argentina por Facebook y yo, que buscaba “mejorar” mi italiano. Al final nunca hablamos en italiano porque ella hablaba muy bien español, pero gracias a ella terminé sacando fotos en el Aperitano de Palermo. En el entretiempo, mi propia vida se desmoronaba por dentro. Porque mientras yo soñaba con hacer mil cosas, mi cuerpo me obligaba a abandonarlo todo, hasta mi carrera de diseño. Fueron doce años duros, de malestar crónico, que terminaron con una ileostomía y tres años de tener el cuerpo “interrumpido”. Durante ese tiempo recorrí mi país de punta a punta, buscando un lugar que no aparecía.
El salto al vacío ocurrió en la cama del hospital, durante la operación de “cierre”. El cierre literal de mis intestinos, la reconexión, y el cierre metafórico de toda una etapa de dolor. Ahí, internada, prendí la RAI (yo, que no miro tele) y un enfermero me preguntó si era italiana. “No, pero entiendo”, le dije. Fue un click. La idea de irme empezó a escalar.
Mi vida en la Patagonia se terminaba. Mi contrato de alquiler vencía antes de tiempo y yo estaba harta de mudarme una y otra vez con mis cajas a cuestas. Me sentía perdida. Al salir del hospital, alquilé un departamento en Buenos Aires para mi recuperación. La primera mañana caminé cincuenta pasos y me choqué de frente con la biblioteca de la Dante Alighieri. Le mandé un video a un amigo: “¿Será una señal?”.
Esa misma tarde abrí Google Maps y dibujé el mapa de Sicilia en una hoja. Busqué el pueblo de mis abuelos. Mi mamá, que parece haber leído el guión antes que yo, ya me había traído las actas de nacimiento meses atrás, incluso antes de que yo pensara en dejar el sur. Siempre había indagado en el árbol genealógico.
Volví a la Patagonia y vendí todo. En una semana me desprendí del sesenta por ciento de lo que me había costado diez años conseguir. Lo transformé en un pasaje a Roma. Le mandé la foto a mi mamá y ella no entendía nada. Yo tampoco. Sentía la adrenalina de quien está a punto de subir a una montaña rusa y se pregunta: “¿Qué estoy haciendo?”.
Llegué a Italia hace un año. El primer día en Roma, un desconocido me paró para preguntarme la hora. Me siguió hablando y me preguntó cuánto hacía que vivía ahí. “Llegué ayer”, le dije. El hombre no lo podía creer. Yo no sabía explicarle que hablaba con la voz de la nena que pintaba fotocopias.
Pero el destino se puso a prueba tres semanas antes de mi vuelo, cuando cambiaron las leyes de ciudadanía y mi trámite se volvió legalmente imposible. Me quebré en mil pedazos, pero decidí viajar igual. Me gasté los ahorros recorriendo el país tres meses y, cuando llegó la hora de volver, el corazón se me hizo un nudo. Volví a Buenos Aires triste, pero con una promesa: volvería como sea.
Mena fue mi refugio durante esos meses y me quedé en su casa en Buenos Aires, hasta que ella también volvió a Italia luego de diez años. Faltaba un día para volver a irme (esta vez de forma definitiva, con un plan de acción concreto) y yo estaba convencida de que mi avión salía al día siguiente por la noche. Estaba por dormir una siesta, eran las 17:00, cuando Mena me escribe: “¿Tenés la mochila lista?”. “No, salgo mañana, no me asustes”, le puse. “Meli, me dijiste que salías el 22 a las 00:40. Si es el 22, es hoy después de la medianoche. Fijate bien”.
Miré el pasaje y el mundo se detuvo. Si no fuera por ese mensaje, hoy no estaría acá.
Hace poco, mi mamá encontró mi libro de Primera Comunión. Yo tenía doce años. Entre los deseos de esa nena que todavía no sabía nada de hospitales ni de mapas, estaba escrito: “Quiero casarme y tener una casa lujosa en Roma”.
Yo no sabía cómo era Roma. No sabía que iba a conocer a una napolitana por Facebook. Pero la “figura” de Cortázar ya estaba trazada. La corriente ya me estaba llevando.
A veces podemos nadar en contra, pero el destino tiene una letra prolija. Solo hay que saber leerla.
por Melisa Quintero
Guía intérprete ambiental, fotógrafa de naturaleza, y diseñadora gráfica.
Hago mapas, me encanta sacarle fotos a los paisajes estrellados, enseño fotografía nocturna y ayudo a proyectos que tienen que ver con el turismo a desarrollarlos y darles valor. Escribo mis aventuras, aprendizajes e investigaciones de los temas que me gustan.
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